lunes, 18 de febrero de 2013

CRISIS, VALORES, CONCIENCIA


CRISIS, VALORES, CONCIENCIA
Pedro González de la Fe*
            Como se afirma en Pigem (2011:66-9), aunque había otras crisis como la ecológica, desde mucho antes, en otoño del año 2008 la economía global se declaró en “crisis”. Estas dos crisis, la económica y la ecológica, de las que no hemos salido, no son fenómenos independientes, sino que forman parte de una crisis sistémica multidimensional, que en el fondo remite a una crisis de civilización. A un nivel más profundo, la crisis nos invita a replantear nuestra relación con el resto de la humanidad y con el resto de la biosfera.
            Nos encontramos ante un cambio global en la biosfera, cuya dimensión más conocida es el cambio climático, pero también ante el denominado “pico del petróleo”; es decir, el momento en el cual probablemente se ha alcanzado el punto de extracción máxima de este recurso energético del que nuestra civilización es tan crucialmente dependiente. La biodiversidad disminuye a un ritmo escalofriante y se han liberados miles de nuevos productos químicos al entorno, desconociendo los efectos de los también liberados organismos genéticamente modificados.
            Todo ello se da en un mundo profundamente desigual, en el que los países centrales (los más ricos) son los grandes devoradores de los recursos minerales y energéticos del planeta, habiéndose especializado las periferias (los países pobres) en el suministro de recursos al centro, expulsión masiva de población y en almacén y vertedero de residuos.
            Como se señala en Herrero (2010:27), la diversidad de dimensiones y la complejidad de riesgos que plantea la crisis actual son tales, que se trata de una crisis de civilización y se plantea con urgencia un cambio de paradigma civilizatorio para poder afrontarla. Es una crisis global porque afecta tanto a los modos de producir, distribuir y consumir como a la propia reproducción social y a los valores y actitudes de las personas e instituciones que sostienen el sistema.
            Estos cambios de valores y actitudes y de “paradigma civilizatorio” resultan centrales en el tiempo histórico que nos ha tocado vivir, habiendo aprendido del pasado siglo XX que la diferencia entre un socialismo ineficaz y un capitalismo injusto puede ser menor de lo que parece (De Sousa Santos, 34). Después de tantos fracasos históricos de construir una sociedad no capitalista, y de sus terribles consecuencias, hemos aprendido que, como afirma Villalba (2011:219), la mera transformación de las estructuras económicas y políticas, sin la imprescindible transformación de los individuos, solo conduce a cambios de decorados. Para el mencionado autor, “las revoluciones sociales que han priorizado la transformación de los marcos políticos y económicos exclusivamente han terminado en fracaso.”
            Sin embargo, centrarse en exclusiva en procesos de transformación individual y de crecimiento personal, desentendiéndose del contexto social y medioambiental del que formamos parte, reduce y limita seriamente dicha transformación y crecimiento. En realidad ambos aspectos, personal y social, son inseparables. Como dice Pigem (2011:74), el verdadero bienestar no depende de la continua acumulación de posesiones materiales, sino de desarrollar una vida llena de sentido en un contexto social  cooperativo y en armonía con un entorno natural que mantenga su integridad.
            Esta vida llena de sentido viene motivada por nuestra naturaleza humana; y para armonizar el contexto económico social con esta naturaleza de seres impulsados a gozar de una vida plena, es necesario que toda la producción de bienes materiales y las formas de distribución y cambio inherentes a la misma deban estar al servicio del desarrollo de esta singularidad humana (corporal, psicológica y espiritual).
            Por último, la principal facultad del ser humano es su conciencia y, como se dice en VV.AA. (2012:71), la conciencia es la que nos enseña a situarnos en nuestro entorno y a hacernos preguntas sobre los fines de nuestra existencia. Cuando la conciencia nos permite ver el papel que jugamos en la trama de la existencia, y a sentirnos formando parte de un todo interdependiente con el resto de los seres vivos, es cuando surgen las preguntas sobre el sentido ético del conocimiento social.

* Doctor en Ciencias Económicas.Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

REFERENCIAS:
Cervantes, C. (ed.) (2011): Espiritualidad y política, Kairós, Barcelona.
De Sousa Santos, B.: “¿Por qué Cuba se ha vuelto un problema difícil para la izquierda”, en El Viejo Topo, pp. 29-37.
Herrero, Y. (2010): “Vivir bien con menos: ajustarse a los límites físicos con criterios de justicia”, en Viento Sur, nº 108, febrero 2010, p. 27.
Pigem, J. (2011): “Un mundo nuevo quiere nacer”, en Cervantes, C. (ed.) (2011), pp. 67-105.
VV.AA. (2012): Conversaciones. Cadena de entrevistas. Cinco diálogos sobre la condición humana y la sociedad actual”, Plataforma Editorial, Barcelona.
Villalba, D. (2011): “Trascendencia e inmanencia respecto a los asuntos públicos”, en Cervantes, C. (ed.) (2011), pp. 205-224.

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